Desde que era una cachorra, mis pasos siguieron a los suyos. Mi familia humana me dio amor, juegos, atención y esa risa suave me daba seguridad, me hacía sentir en casa. Con los años, mi andar se volvió más lento , mi mirada más contemplativa y mis siestas más largas.
Mis años fueron de dicha y abundantes aventuras correteando, captando aromas, sabores o sintiendo el calor y la leve respiración de mi amiga al descansar. Me hice amigos, transité bares, robé miradas, caricias y comida de desconocidos, lo social era lo mío. Me cargue algunas travesuras que me devolvieron miradas fulminantes, pero nada que una simple mirada noble no devolviera una sonrisa para hacer las paces.
Recuerdo un momento donde me empezó a costar levantarme y mi energía se redujo a rituales de saludos, mover la cola, alcázar una media, algún repasador que se encontrara a mano y volver a retirarme a mi sitio de descanso, la gran cama, hasta que me llamaban para mis paseos que se volvieron cada día un poco más cortos, y pausados, hasta solo llevarme en auto, en alzas o en cochecito para reposar un rato en mi mejor cama el pasto. A medida que mi cuerpo comenzó a doler con más frecuencia, los cuidados cambiaron. Ya no fue solo llevarme a pasear: hubo caricias largas, mimos que se extendían y una mirada atenta a cada señal de molestia o incomodidad. Aprendieron a reconocer cuando me encontraba en paz aunque las circunstancias no fueran favorables y los síntomas no colaborarán, cuando mi cola se movía como ese gran festejo de bienvenida y hoy era un signo de agradecimiento y gratitud: Gracias por visitarme, gracias por no dejarnos solas y acompañarnos en este momento que no sé qué pasa, pero sé que están aquí. Aprendieron mi lenguaje sin palabras: mis posturas, mi jadeo suave, mi silencio reclamando calma.
Cuando mi diagnóstico fue una enfermedad que no podía curarse, mi familia se enfrentó a un desafío mayor que la tristeza: entender qué podía hacer para que yo tuviera calidad de vida hasta mi último día. Fue ahí cuando los cuidados paliativos veterinarios se volvieron nuestra guía y sostén. Aprendieron que no se trataba de rendirse, sino de acompañar con intención, presencia y bienestar.
Lo que significaron para mí los cuidados paliativos
Los profesionales que nos acompañaron en este proceso nos explicaron que los cuidados paliativos no buscan curar la enfermedad, sino mejorar mi bienestar físico y emocional:
¿Esto qué significa?
- Control del dolor y síntomas molestos, para que cada día fuera lo más cómodo posible.
- Atención a mi comportamiento y lenguaje corporal, entendiendo que cada movimiento, cada postura o cada mirada tiene un significado cuando el dolor domina mi mundo.
- Un ambiente tranquilo y seguro, donde cada rincón evocara calma en lugar de miedo o frustración.
- Apoyo emocional para mi familia humana, porque ellos también sufrían y necesitaban acompañamiento.
Sentí que por primera vez mis silencios eran escuchados con precisión, no como mera tristeza, sino como señales activas de lo que mi cuerpo y mi mente necesitaban para no sufrir. Aprendieron a ajustar medicamentos, a modificar rutinas, a escuchar mi respiración cuando parecía más lenta o más tensa. Cada caricia estaba acompañada por un conocimiento más profundo de mí.
Sobre lo que no se dice tan fácilmente
En los cuidados paliativos también hubo momentos difíciles. Porque cuidar no es solo dar medicación: es aceptar que hay días más lentos, que hay decisiones que pesan y que amar implica sostener lo que se puede y despedir lo que ya no debe prolongarse. La eutanasia en medicina veterinaria no es derrota, sino una decisión compasiva cuando el sufrimiento ya no se puede controlar y el bienestar ya no es alcanzable.
Mi familia dijo que me quería tanto que no quería verme sufrir, y aprendió que acompañar hasta el final también es amar. No fue una decisión tomada de manera impulsiva, sino con asesoramiento, respeto por mi lenguaje corporal —ese que solo los que me conocen pueden interpretar— y una inmensa intención de cuidar hasta mi último aliento. Cada caricia, cada palabra suave, cada silencio compartido fue una forma de decir: “Estás cuidada, estás acompañada, no estás sola”.
Lo que el cuidado paliativo me permitió experimentar
Antes de irme, viví:
- Días con menos dolor y más calma.
- Rutinas adaptadas a mi ritmo.
- Presencia tranquila de quienes me aman, sin prisa ni miedo.
- Experiencias de confort que no estaban antes de los cuidados paliativos.
Mi cuerpo se debilitó, pero mi descanso fue digno. Mis últimas noches estuvieron llenas de caricias y miradas que entendían mi estado sin necesidad de palabras.
Reflexión final
Los cuidados paliativos no son un punto final abrupto, sino una continuación consciente del amor. Son una invitación a entender que nuestros cuerpos pueden cansarse, que la enfermedad puede tener la última palabra en el diagnóstico, pero que el acompañamiento compasivo puede transformar el final en un acto profundo de cuidado, respeto y dignidad.
Yo fui Luna. Me cuidaron. Me entendieron , Me amaron dignamente. Y al final, no me dejaron sufrir sin propósito.